Retrotraernos un par de siglos atrás, hacia comienzos de 1800 y vislumbrar las ideas principales que dieron forma y estructuraron a las primeras Repúblicas latinoamericanas, entre ellas Chile, resulta más que necesario para comprender la importancia que tuvo y que tienen los procesos escriturales – y particularmente los desarrollos literarios y comunicacionales – en nuestra formación como país. Así mismo, ubicamos a la región latinoamericana como aquella compuesta por ciertos caracteres comunes, idiomas y formas de pensamiento, actividades económicas y procesos de mestizaje más o menos similares. Esto es de suma trascendencia, pues al querer adentrarnos en un problema como la influencia de la escritura, es preciso tener en cuenta las características que esas palabras, esas escrituras, nos muestran.

En primer lugar debo señalar que me sitúo en la vereda que analiza el desarrollo de nuestros países desde la mirada historiográfica, por lo que me acerco a la cuestión de la escritura y los modos de transmisión de ideas y conceptos fundamentales para caracterizar nuestra personalidad como comunidad, país o República, en cuanto proceso histórico y de allí conocer algunas de las razones que nos han motivado a transitar por ciertos caminos; sin embargo, también me acerco a lo ‘latinoamericano’ desde otros puntos, pues si hablamos de escritura, necesariamente debemos rescatar la parte más rica de la creación literaria de nuestras regiones. Hago esta precisión, pues considero necesario plantear un debate que nos guíe por aquellos registros escritos que han influido de forma trascendental en nuestras identidades como comunidades y como regiones geográficas, refiriéndome específicamente a América Latina.

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Mucho se ha hablado durante la última década# acerca de la significación que tiene el “Bicentenario” como hecho simbólico y de trascendencia a nivel social de nuestro país y de los países vecinos, entre ellos Argentina y también México, que han realizado grandes obras de infraestructura e instalado Comisiones Bicentenarios para celebrar los 200 años de independencia de estos países #. En realidad, no es de extrañar que los gobiernos hayan querido dar un sentido mayor a las actividades emprendidas, teniendo en cuenta lo que representa dicha fecha en el plano simbólico y de confirmación de la necesidad de la organización estatal y de su metamorfosis a lo largo de dos centurias.

Bajo estas premisas de celebrar, conmemorar, recordar, homenajear, simbolizar, unir, festejar; nos encontramos nuevamente ante el reflejo de nuestro propio ser. ¿Quiénes somos los latinoamericano?¿quiénes son los y las chilenas? ¿cuáles son nuestras raíces como país “independiente”? Estas preguntas, muy generales por cierto, no pretenden una respuesta fácil o chouvinista, muy propia de nuestras ideosincracias que relacionan de forma directa identidad con patriotismo o, incluso más, como aquel nacionalismo que lleva prendida a su piel la bandera, el himno y la camiseta de su selección nacional. ¡No! Por supuesto que el camino que deseamos recorrer tiene que ver más con descubrirnos a nosotros mismo en nuestros propios lenguajes, abiertos al diálogo, alegres algunos y tristes otros, que nos hablan de selvas y desiertos, desde el norte mexicano a las aguas frías y parajes desolados del sur de la Patagonia. Ahondar, tal vez un poco más, en aquellas literaturas, tan propias de nuestros pueblos, que nos hablan con voces dulces y terribles #.

Son estas contradicciones indelebles, propias de los paisajes con los cuales nos hemos relacionado y los hechos que hemos vivido, los que han ido constituyendo nuestro propio proceso escritural: nuestro ser literario y por lo tanto, las características de nuestras tierras, han sido parte fundamental de la formación y evolución de los pueblos.

En este corto recorrido en torno al discurso escrito, hemos de dejar fuera algunas manifestaciones de este, entre los cuales se encuentran las Constituciones Políticas de las Repúblicas latinoamericanas #. En primer lugar, reconocemos que las Repúblicas modernas, herederas de la tradición revolucionaria francesa de 1789 nacen al mundo actual con el establecimiento de sus Cartas Magnas, algo así como un certificado de nacimiento y prueba de su Independencia política y de sus ansias de establecer un sistema propio. Sin embargo, en este caso en particular, en que la escritura define las características principales de los pueblos, como también sus metas, valores y principios, no podemos dejar de señalar que siendo un instrumento de poder realizado por pequeños grupos, no reflejara más que un reducido núcleo de pensamiento. En segundo lugar, el peso de las Constituciones Políticas en América Latina no se va a imponer, según varios historiadores, hasta entrada la mitad del siglo XIX o incluso después #, por lo que las intenciones de establecer el real sistema político, manifestado por este tipo de Cartas, no va a tener características definidas o definitivas, salvo casos muy particulares, entre ellos el de Chile – producto del aplastamiento del sector liberal y democrático por el conservador y católico-.

Volviendo al tema en cuestión, he de señalar que la palabra escrita – paralelo a nuestra tentación de la sensualidad por la oralidad y la demagogia – ha sido de gran importancia en la vida y desarrollo de los pueblos de América Latina, en la medida que ha supuesto una reflexión interior sobre nuestras cualidades, defectos y desafíos a enfrentar. Así también, las principales preocupaciones, derivadas de las condiciones económico – políticas se han hecho presentes a través de los discursos escritos, adquiriendo con ello un rango de denuncia social y de búsqueda de respuestas a los problemas que aquejan a las jóvenes sociedades #.

De allí que no puedo más que situarme, para el desarrollo de estas ideas, en lo que han sido los grandes escritores de este subcontinente. Desde el siglo XIX, personas como Andrés Bello, Sarmiento y Hostos, han marcado la evolución, no sólo de Chile, sino que se han transformado en figuras señeras para cientos de intelectuales de los países americanos. Sus reflexiones en torno a temas tan variados como las leyes y los códigos, las formas gramaticales y los estudios lingüísticos, la sociabilidad americana, su historia y costumbres, etc. han guiado los procesos políticos de forma indirecta. Aquí me interesa detenerme en un punto especial: la formación de códigos jurídicos propios de las nacientes Repúblicas, emparentados con las tradiciones europeas, y que, en el marco de las ideas que estamos desarrollando, cobran vital importancia, pues son estos códigos y leyes una característica fundamental de nuestros pueblos: la necesidad de que todo esté establecido mediante decretos, pues si no está escrito y regulado de esta forma, pareciera no existir #. Insisto en no hablar de las Constituciones, como ley suprema que dictamina y define los valores y principios bajo los cuales debe encaminarse el país, pues su existencia y aplicabilidad es bastante abstracta, sino de aquellos mandamientos relacionados con la vida cotidiana y que reflejan de una u otra manera la idea de un quienes somos o quienes querríamos ser, pues al manifestar por medio de leyes la realidad del día a día, de los temas de “interés nacional” como suelen llamarlos, nos muestran las intenciones de los pequeños grupos de poder de estas Republicas, preñadas de preocupaciones de diversos sentidos o determinadas por ideas y conceptos religiosos o teñidos de ciertas modas intelectuales, de ansias de progreso o de estancamiento según sea la conveniencia, de intentos de igualarse o diferenciarse de Europa, etc.

Paralelo a lo anterior, se va constituyendo en los países nacidos a la luz del siglo XIX, una necesidad por escribir su propio destino. La gran profusión de obras historiográficas que abundan, responde a un hecho esencial: constituir “la idea” de una República basada en las tradiciones propias de nuestros pueblos. La búsqueda incesante de un modelo propio, de nuestras costumbres e identidades, debe orientar a las sociedades que comienzan su propio camino. Este tipo de literaturas, emparentadas con las que se realizaban en Europa, se distingue en la medida que si bien aplican moldes historiográficos extranjeros, lo hacen mirando la realidad local y latinoamericana. De allí que nos volvamos a preguntar acerca de esta relación entre escritura y sociedad, entre la palabra escrita y el desarrollo de las jóvenes Repúblicas con tradiciones en construcción.

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Y hemos llegado al punto crucial donde se mezclan la discursividad, la expresión, la escritura, las ideas -mejores y más bellas- sobre “Nuestra América” como dijera José Martí, en su obra de hondo calado latinoamericano y de profunda intensión. Este punto es la influencia que nos ha dado nuestra escritura, nuestras propias literaturas regionales, que se han transformado en continentales, sin caer en ese continentalismo patético de rasgos patrioteros, sino en el maravilloso continentalismo que hace gala una Mistral es sus escritos, refiriéndose por medio de los grandes personajes de la historia y la política a lo central de nuestra identidad.

Nos maravillamos al darnos cuenta de lo esencial de la palabra no como una construcción abstracta, sino de un gran peso en nuestra vida diaria. La escritura y su influencia por medio de las ideas educacionales y pedagógicas emprendidas por las y los grandes intelectuales comprometidos con el desarrollo positivo de nuestras sociedades, han prestado una gran preocupación por legar hacia las generaciones futuras lo mejor de ellos mediante la cultura y la rica y noble influencia que esta puede y debe hacer para la formación de verdaderas Repúblicas #. Desde este punto de vista, debemos reconocer que, dado el contexto histórico del nacimiento de nuestros países al mundo moderno (alrededor de 1810), las Repúblicas latinoamericanas tienen una deuda con el pensamiento iluminista que pretendía, por medio de la educación y el progreso, un horizonte más bello y de felicidad para los seres humanos. Este modo de pensar, bajo la mirada atenta de la ilustración, si bien tuvo que enfrentar múltiples obstáculos a lo largo de estos dos siglos, nos ha legado la rica importancia de la escritura, de los libros, de la búsqueda de un literatura que nos proporcione las respuestas a nuestra propia identidad. Los obstáculos fundamentales han sido los problemas económicos, el alto analfabetismo, la poca difusión que ha tenido la cultura escrita … y sin embargo, esta se ha impuesto en nuestras tierras. No por nada, hace apenas unos meses, la hermana República plurinacional de Bolivia celebraba el triunfo de derrotar el analfabetismo, con un ánimo que representaba las mejores aspiraciones de quienes soñaron con estos países y un futuro que les perteneciera.