Ajusticiamiento del Dictador Diego Portales

¿Y qué había bajo el bronce entre 1848 y 1910?

Al principio, explosiones sociales. Estallidos políticos. Combates fratricidas. Rebelión armada de las provincias productoras contra el autoritario centralismo mercantil de Santiago. Alianza entre empresarios mineros, peones y artesanos en el norte, y entre cosecheros, artesanos e indígenas en el sur. Igualitarios contra la tiranía, guerras civiles, batallas sangrientas, entre 1848 y 1859. Chile entero en erupción contra la tiranía autocrática y filo-inglesa de Manuel Montt (desde 1832, el régimen mercantil de Santiago había firmado siete tratados de libre comercio con las grandes potencias industriales del norte). Sin embargo, una vez más, el ejército de la capital derrotó a las tropas ciudadanas de las clases productoras de provincia.

Después del incendio, las elites empresariales regionales, doblegadas, vencidas, temerosas incluso de sus peligrosos aliados populares, emigraron a Santiago. Intentaron -y lograron- entrar al Congreso Nacional, hasta allí monopolizado por los pelucones. Era el año 1862. El Presidente José Joaquín Prieto, bonachón, anunció la aparición de la “fusión liberal-conservadora”. Los enemigos de ayer se hermanaban, se reconciliaban, se amaban, y bebieron champagne francés en los salones del flamante Club de la Unión, fundado expresamente para eso. Luego, al unísono, levantaron palacios mercantiles aquí y allí. En las calles Dieciocho, Ejército, Alameda, Almirante Latorre, Cienfuegos, etc. Y aquí y allí, en sus salones afrancesados, decidieron convertir Santiago en otro París. Y transformaron el cerro Huelén en el Pequeño Trianon santiaguino. Y expulsaron sin asco de la “ciudad culta” a los rotos de la “ciudad bárbara”, tarea sucia que encargaron al intendente (liberal) Benjamín Vicuña Mackenna.

Señoras y señores: había nacido la elegante oligarquía chilena. “Las elites unidas -oraban entonces- jamás serán vencidas”. Y celebraron una tertulia tras otra. Se iluminaron los palacios, y fue entonces cuando sus mujeres se convirtieron en “reinas de salón”. Hábito social que los obligó a todos -para inspirarse- a viajar periódicamente a París, a nutrirse de modernidad, ilustración, libertad, arte. Y sobre todo, de ópera. Era la arcadia suprema del coloso estatal portaliano. Chile triunfante, mirándose en los espejos de Versalles. O en los del Barrio Latino. Aristocracia pura, caballeros.

Pero, quien siembra, cosecha. En la década de 1870 se agotaron los minerales de cobre de alta ley. El peso chileno –basado sobre todo en la plata– perdió en poco tiempo la mitad de su valor de cambio al producirse la desmonetización mundial de ese metal, decretada por Inglaterra y Alemania. Aun para la misma “aristocracia”, las monedas de oro -controladas por las casas comerciales extranjeras- se volvieran escasas. El precio mundial del trigo inició un descenso a largo plazo. La mecanización de las faenas productivas se detuvo. La romería a París, también. Fue necesario de nuevo contratar inquilinos, explotar peones, reducir salarios, ocupar la fueza de trabajo femenina y aun la de los niños, mientras silbaba sobre ellos el látigo emplomado de la inflación. Y hacia 1885, la oligarquía descubrió con espanto que su cuota de ganancia se estaba secando sin remedio, mientras las compañías comerciales extranjeras controlaban desde arriba la economía del país. Y lo curioso fue que el Estado, en medio de esa crisis, comenzó a llenarse de oro al aplicar un impuesto pagadero en ese metal a las exportaciones de salitre, y al contratar empréstitos en la banca extranjera. Y, claro, pensaron: ¿por qué el Estado Portaliano se enriquece y la Oligarquía Portaliana no? ¿No era conyugalmente justo que el oro del uno se derramara también en los famélicos bolsillos de la otra? ¿Por qué no? ¿No era la oligarquía refundida la dueña exclusiva del Estado? ¿Quién se opondría a ese acto supremo de justicia doméstica?

Para sorpresa de todos, hubo alguien que se opuso: el “liberal” José Manuel Balmaceda. Ocurrió que este político -que tenía más sentido de nación que otros– pensó que el dinero del Estado era de todos los chilenos, y que no era justo que ese dinero fuera administrado por los bancos privados (oligárquicos), que, obviamente, especulaban y lucraban con él. Porque, en ese tiempo, no existía ni un Banco Central ni un Banco del Estado. Balmaceda pensó que, en el interés nacional, era indispensable crear un Banco del Estado, cortando así la espita que trasvasijaba el áureo líquido estatal en las sedientas gargantas de los banqueros chilenos. Ocurría que casi el 60% de los diputados tenían intereses bancarios, mientras el 80% de los senadores eran directores o grandes accionistas de las sociedades bancarias. Pues, ante el grave deterioro de su renta “productiva”, la oligarquía chilena se volcó ansiosamente a la “especulación” bursátil y bancaria. O sea: a ordeñar el Estado. Por eso, cuando Balmaceda elaboró un proyecto de ley para crear un Banco del Estado, la oligarquía bancaria en pleno –y por tanto el Congreso Nacional en masa– se alzó contra Balmaceda. Sin importar si eran liberales o no. Y tomaron las armas. Y provocaron una sangrienta guerra civil. Y murieron, otra vez, miles de rotos (pues, cuando en Chile pelean los ricos, mueren los pobres).

Naturalmente, los historiadores oficiosos han declamado a coro que la guerra civil se debió a un impasse técnico entre el Ejecutivo y el Legislativo, al violar Balmaceda la Constitución cuando retrasó el envío de la Ley de Presupuestos… ¡Pamplinas!

Y de nuevo, como en 1829, el ejército mercenario de los mercaderes (ahora banqueros) venció en 1891 al ejército constitucional de la nación. Horrorizado por lo que eso significaba, Balmaceda, político honesto, se suicidó.

Eliminado el obstáculo, la oligarquía se apropió del Estado en profundidad. Para todos los efectos. Y lo defendió contra cualquiera que se opusiera a ello, sobre todo, contra los trabajadores y los rotos. Solícito, el Ejército Mercantil masacró a la clase popular en 1890, 1903, 1905, 1906, 1907, 1919, 1921, 1924… Impotente, la clase popular entró en putrefacción progresiva en la pocilga de los conventillos. Alcoholizada, prostituida, raquítica, sifilítica, tísica. Y, claro, pronto alcanzó la tasa de mortalidad infantil más alta del mundo. Y la Hacienda Pública, saqueada, sin impuestos directos que la nutrieran, sin recursos (el salitre entró en crisis), cayó en bancarrota en 1922. Y no pudo pagar los sueldos de los profesores y, sobre todo, de la oficialidad del Ejército…

El coloso moribundo

El coloso estatal levantado a hachazos y fusilazos entre 1829 y 1833 llegó pues a 1910 disparando todavía en todas direcciones. Mejor dicho, disparando contra los mismos de siempre: productores, trabajadores, demócratas, socialistas, anarquistas… Trayendo en su vientre el resquemor de cinco guerras civiles y catorce matanzas de adversarios políticos. Con su sangre económica infestada por más de cien compañías comerciales extranjeras que controlaban, sin excepción, todos sus glóbulos rojos. Con treinta bancos nacionales ensartados como sanguijuelas en el erario nacional. Con las Fuerzas Armadas de la nación en formación de batalla contra el bajo pueblo. Con una oligarquía desempresarializada y parlamentarizada hundida en el fondo del desprestigio. Con miles de conventillos hirviendo en pobreza, tifus, disentería, etc. mientras sus dueños (los “rentistas urbanos”) llenaban su sucias billeteras en un inútil afán de siutiquería. Y todo sostenido, únicamente, sobre la punta de las bayonetas…

Bajo sus descoloridos bronces, el coloso estatal de 1833 llegó a 1910 corroído hasta el alma por un cáncer social, político, cultural y económico. O sea: moribundo.

¿Qué debía hacer la ciudadanía ante un coloso estatal roído por sus propias entrañas?//LND

(1) El detalle de esta operación en G.Salazar: Mercaderes, empresarios y capitalistas. Chile, siglo XIX (Santiago, 2009. Editorial Sudamericana), pp. 253-295.

(2) Sobre estos fusilamientos: G.Salazar: Construcción de Estado en Chile, 1800-1837 (Santiago, 2006. Editorial Sudamericana), pp. 381-403.

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