Hace unos momentos escuchaba por medio de las noticias en televisión una entrevista al escultor y creador de la estatua a Juan Pablo II, en la que señalaba la necesidad de esta, de la emoción que provocaba, incluso me inclino a pensar que se referiría a cierto sentimiento de “recogimiento” que podría provocar en el espectador tamaña estatua: Juan Pablo II apuntando con su brazo al horizonte.

En este sentido, me llamó también la atención de que en ninguna de las entrevistas, reportajes o artículos se señalase que el alcalde le había cambiado de nombre al Parque J. D. Gómez Rojas por el de Juan Pablo II hace un tiempo, sin siquiera preguntar a la comunidad su parecer o, que dado la instalación de la Universidad San Sebastián a un costado de dicho parque, esta institución pudiese remoledar, transformar o incluso instalar nuevos espacios comerciales de tipo privado, como estacionamientos, en este lugar.

Aquí llegamos a un punto crucial, donde se entremezclan una serie de elementos y variables de distinto tipo: comerciales, geográficas, ambientales y, por supuesto, sociales, pues es la sociedad en su conjunto la afectada por las decisiones tomadas por un grupo de personas que se autoproclaman señores del espacio público… Este parque, al igual que muchos otros de la ciudad de Santiago, pasará a convertirse literalmente en una propiedad privada de la Universidad o de cualquier otra organización o institución que tenga los recursos como para poder “invertir” en este. Además, el hecho de la ubicación de la estatua privatiza simbólicamente un lugar que sería de todos y todas, que se había constituido en un lugar de encuentro, pues es imposible que cuando se mire esta construcción de inmensas proporciones no se piense en quien la construyó y sus motivos.

Sin embargo, las controversias sobre la estética de la imagen, sin dejar de tener un lugar en la discusión, pasan a un segundo plano cundo comenzamos a analizar un tema preocupante y de gran importancia: la privatización de lo que conocíamos como espacio público, es decir, del espacio de construimos colectivamente y que, por lo tanto, responde a las características de una sociedad y de la comunidad en su conjunto. Esto último es trascendental: no es posible que habitemos tranquilamente una ciudad que comienza a ser comprada, vendida o… licitada, como quiera llamarse el eufemismo. Tenemos que trabajar por un hábitat que a todos y todas nos satisfaga y que cumpla con ciertos cánones de estética y de cuidado de los espacios.

Debemos recordar que, dentro del pensamiento anarquista desde hace muchos años ya la preocupación por el espacio, la geografía, el territorio, son temas cruciales. Justamente me encuentro releyendo un texto acerca comunalismo y municipalismo libertario, y me pregunto acerca de cómo una gestión participativa podría eliminar los peligrosos efectos de la toma de decisiones centrales por parte de autoridades como las que aquí mencionamos.

Continuará…